El retorno al paralelo 0 (Quito-Ecuador)

Volver es un verbo al que yo siempre lo relaciono con Quito… Es el lugar del mundo al que siempre he vuelto para comenzar una nueva historia. Ahí empecé la escuela, terminé el colegio y empecé mi formación como periodista, que terminaría llevándome a ser el comunicador digital que orgullosamente soy.

Los retornos no son para mí esa condena del mito de Sísifo, ese tener que regresar para empezar una historia que se repite. Suelen ser  regresos  para empezar algo que requiere de todo mi ser, alma incluida por supuesto, para crear algo nuevo. La ahora inmensa ciudad que está en las faldas de los impresionantes Ruco y Guagua Pichincha, ha sido en mi vida el inicio de círculos de vida,  algunas veces vicioso y muchas otras productivos. Ha sido mayoritariamente la partida hacia la conquista de sueños que han sido la razón de que mi humilde existencia no carezca de absoluto sentido.

Cuando llego a Quito algunos placeres y tesoros intangibles me hacen rico: el abrazo y alegría de mi viejo, primero, quien al verme me da otra razón para caminar erguido, con la ilusión intacta y con el alma acariciada; la esperanza y el aliento de amigos y amigas de toda la vida con quienes con tan solo una mirada somos capaces de entendernos y desterrar la distancia y el tiempo que físicamente se ha interpuesto entre nosotros; sentir el cariño de mi familia quiteña que me acoge y demuestra que por lo menos por un lapso podemos dejar de lado el sentimiento mutuo de echarnos en falta; recorrer calles que anónimas, llenas de ruido, de tráfico, de silencio e inmovilidad de la noche, conservan mis recuerdos de aquel niño de provincia, de ese aspirante a delincuente juvenil e incluso, de este humano siempre inquieto por las ideas que me han hecho sentir un ser peligroso para este sistema podrido.

Volver a Quito siempre es una manera de volver a mí mismo, al chico que jugaba fútbol en las canchas de tierra de la Carolina, la de chambas de La Granda Centeno, o ya más grandecito en la de cemento que con los vagos bautizamos “Diego Armando” de La Granja, al que tomaba Norteño en cualquier esquina del barrio, en el Parque de la Isla o en la banquita de la Mariscal, el que recorrió muchos bares con apenas un par de billetes en el bolsillo, el que se pegaba maratónicos regresos a pie a la casa en la oscuridad de la noche, el que iba al estadio Atahaualpa a ver jugar aunque sea “perros contra gatos», a aquel flaco cabezón del que no queda noticia de la delgadez pero por lo menos el gran tamaño del “marote” sigue intacto.

Creo que es la primera vez que veo a Quito con mirada fotográfica. Sentí que el mar que puse de por medio, me convirtieron esta vez en un turista, de esos que son capaces de comerse con sus ojos y con su ansiedad, los miles de años que en la naturaleza y obras se reflejan en la ciudad que milenios atrás fue un paraíso terrenal, donde crecieron los Quitus, donde nació y creció el último rey Inca, en donde los conquistadores construyeron un tesoro artístico que hoy más que nunca abruma, en donde la clase política gobierna una entelequia llamada Ecuador, en donde Eugenio Espejo abrió el camino para quienes nos negamos a tener visión prestada de la realidad y buscamos una interpretación propia.

Y aquí van estas fotos, que como dice el cantante argentino Alejandro Lerner sobre su ideología en su “Todo a pulmón”, es una expresión “buena o mala pero mía, tan humana como la contradicción”.

El teleférico en el Pichincha

Rumicucho

Guápulo

El centro colonial

El mercado de Iñaquito

La basílica y sus vistas

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