OBITUARIO: Hasta pronto abuela Laura

“Para continuar caminando al sol

por estos desiertos,

para recalcar que estoy vivo

en medio de tantos muertos;

Para decidir,

para continuar,

para recalcar y considerar,

sólo me hace falta que estés aquí

con tus ojos claros…

Ay!!! fogata de amor y guía,

razón de vivir mi vida…”

Víctor Heredia

Decir adiós a las personas que queremos siempre es tarea complicada, dolorosa, desoladora. En nuestra condición humana estamos conminados a despedirnos una y otra vez, algunas veces temprano, otras en el momento justo, otras tarde. Todos se van, todos algún rato nos iremos… es una verdad absoluta, inexorable y brutal, es una espada de Damocles que pende de un hilo que siempre se terminará rompiendo y fijo nos herirá; la parca es una especie de villana tierna, capaz de hacernos remorder el alma y estrujarnos de tal forma que las lágrimas emanan sin cesar de lo profundo de nuestro ser. Hasta el más duro se quiebra, hasta el más soso se conmueve y despide con lágrimas a sus seres que más lo quisieron, a quienes más quiso.

La vida es como una estación de trenes en la que  uno está parado en la línea por donde se proyectará pronto un vagón que de no movernos nos causará estragos, pero no somos capaces de entenderla; nuestra cultura nos obliga a esperar parados en la vía, sabemos que cuando llegue la locomotora nos  impactará, conocemos por nuestra experiencia el dolor que obrará, pero no somos capaces de evitar el padecimiento que en nosotros causará el impacto, aún sabiendo que en muchos casos nuestros seres queridos  han cumplido un ciclo en este viaje y necesitan ya estacionar su luz en una próxima estación, no estamos preparados para  resignarnos a la partida.

Mi abuela Laura ha partido y con ella se fueron su dulzura y candor, es inevitable que el teclado en el que torpemente digito estas líneas, se humedezca con la gotas que mi sentir derraman, es improbable en mí el adiós sin llanto, pero el intento en medio de sollozos y de despejar las gotas saladas de mis mejillas hoy  ajadas, va por tratar de recordarla con una sonrisa, con la que ella fue capaz de regalarnos  durante muchos años a quienes disfrutamos de su querer, de repasar algunas de las tantas cosas que desde su infinita paciencia  supo enseñarnos, de rememorar su capacidad de vivir un mundo de hombres en el que ella disfrutó y compartió con mi abuelo, mi papá y mis 4 tíos, una pasión que la acompañó hasta sus últimos pasos en este mundo: el fútbol, su Liga de Quito.

 Mi abuela Laura fue una adelantada, al estilo de esos goleros tipo Carrizo, Gatti, o en escala local  su recordado Yamandú Solimando, quienes decidieron romper las  reglas y convencionalismos cuando estos pecaban de absurdos. En un mundo como el fútbol lleno de actitudes machistas y en el que las mujeres tenían poco espacio, ella fue hincha a carta cabal, capaz de recitar alineaciones, de contar anécdotas, de poner en entredicho a periodistas, a  jugadores y a “sabelotodos” varones.

Fue fanática de La Liga Deportiva Universitaria de Quito desde la época en que la Liga era realmente universitaria y un racimos de jóvenes quiteños, en su gran mayoría, la descocían en el tan célebre equipo que se ganó el reconocimiento de “Bordadora”. Fue fiel asistente a los partidos que esa máquina con la U en el pecho jugó en el Atahualpa, en el Estadio Universitario César Aníbal Espinoza; siguió íntegramente varias campañas  de su equipo y de su hijo ( mi tío Iván fue defensa central de aquel recordado cuadro azucena), gritó campeonatos con el equipo de sus amores, festejó con abrazos goles antológicos, cató la amargura de los descensos, sufrió las injusticias de marcadores inmerecidos, la negligencia de los árbitros,  penó con las lesiones de su hijo futbolista.  Estoicamente  y sin inmutarse supo vivir la pasión del fútbol, escuchó miles de partidos a la “uruguaya”; pegada a un transistor  pasó tardes  que fueron años en su casa del Batán,  en la que muchos nietos, nueras e hijos íbamos y veníamos, mientras la observábamos  como sentada tejía y escuchaba como en la radio pasaban más de  5 décadas de encantos y desencantos del equipo de sus amores, que ya en su  última tiempo de viaje mundano supo premiarla con la inmensa alegría de ganar una Copa Libertadores y jugar una final del mundial de clubes, allá en Japón, donde únicamente llegan los verdaderos campeones.

¿Y ahora para dónde? Me preguntaba cada vez que me veía salir cargado de bártulos, mochilas y maletas… “Para donde me lleve el viento abuelita”, le contestaba riéndome antes de decir el verdadero destino cuando ya estaba presto a cruzar la puerta de su casa. Ahora es mi turno de preguntarle ¿y ahora para dónde abuelita? Desde donde esté  intuyo que me contesta con serenidad: “Ya se cumplieron mis 90, se acabó este partido, voy a ver que dice tu abuelo, a fumarme un cigarrillo y a escuchar como va la Liga hijito”. Hasta la próxima abuelita, te vamos a extrañar como se extraña a la gente que supo querernos. Anda tranquila que acá nosotros en el “tiempo y en el espacio” sabremos vivir con tu recuerdo y con tu manera de disfrutar del fútbol, es decir, de  disfrutar la vida…

*Dedicado a Laura Izurieta de Noboa (10 de Julio de 2016)

Descansa en paz abuelita Lali, nos veremos donde nos lleve el viento…

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